--En la puerta de la casa de Damen, una hora más tarde—
Ding dong. Nadia esperaba nerviosa. El corazón parecía salirse del pecho, latía tan fuerte que temía que alguien lo escuchara. A los treinta segundos, más o menos, Damen abrió la puerta.
- Hola, te estaba esperando. Quiero que veas algo. – dijo Damen, con una sonrisa radiante que sería capaz de derretir hasta un iceberg.
- ¿Qué es? ¿Qué es?- dijo Nadia, emocionada.
Damen esbozó una sonrisilla nerviosa.
- Ya lo verás…es una sorpresa.
Entraron a la casa. Todo estaba lleno de flores: las mesas, el suelo, las ventanas, las estanterías…
- Es obvio que a tu madre le gustan mucho las flores…
- Ya, es que de hecho trabaja en la floristería de Prinston. A mí me parece que la casa queda un poco sobrecargada, pero…
- A mí me gusta- dijo Nadia, radiante.
Llegaron a la habitación de Damen, que resultó estar en el ático, al igual que la de Nadia.
- ¡OMG! Tienes pósters de Green Day… ¿te gusta?
La habitación estaba repleta de las fotos de Billie Joe Armstrong y el resto del grupo. Parecía ser que le encantaba el grupo.
- ¿Qué si me gusta? ¡Me encanta! Soy su fan número 1.
- No, yo soy su fan número uno…- respondió Nadia.
Los dos rieron, felices.
- Escucha, la he compuesto para ti.
Damen cogió la guitarra. Era una Gibson, totalmente forrada con pegatinas de AC/DC, Los Rolling Stones, Los Beatles, Nirvana, Green Day, y un montón de grupos más que Nadia no conocía.
Comenzó a cantar una canción. Nadia no pudo evitar sonreír, la música la envolvía, se fundió con ella, las notas la deleitaban dulcemente, se balanceaba al ritmo del compás. Agitaba el pelo, su cuerpo temblaba y se movía salvajemente, sus piernas golpeaban el suelo sin parar. Se sintió libre, como un pájaro volando sobre las inmensas estepas de Mongolia.
- Bueno, ¿qué te parece?- dijo Damen.
- ¡Es genial! Me encanta, en serio, te hace sentirte libre, te hace olvidar el mundo real, te traslada a lugares mágicos…
- ¿Te apetece dar un paseo por la playa? Tengo una sorpresa para ti.
- ¡Claro!
Se encaminaron por el sendero que bajaba a la cala de Prinston. Ninguno de los dos mediaba palabra. Finalmente llegaron a un sitio bajo una palmera, con unas toallas, unas velas y un picnic.
- ¡Vaya! Todo esto es genial…
Charlaron hasta bien entrada la noche. Pero había algo ahí y no podían ignorarlo. Los dos sentían algo muy especial. Se miraron de pronto a los ojos y supieron lo que el otro sentía. Tenían una conexión tan grande, que eran como una sola persona. Se acercaron lentamente.
Y se besaron apasionadamente.
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